Siempre he odiado los días lluviosos. Me ponen de mal humor y me hacen pensar en cosas tristes. O me hacen pensar demasiado, según se mire. Pero cuando estás en una ciudad nueva la lluvia huele distinto y te produce sensaciones totalmente nuevas. Cuando llueve y estoy en casa, en mi hogar, necesito más que nada en el mundo que me quieran. Necesito hacerme un ovillo sobre mi madre y descansar. Es esa lluvia fina, esa llovizna que parece insignificante pero que es capaz de calarte la ropa, calarte los huesos y atravesarte el alma.

Las lluvias que he tenido que soportar en Málaga han sido las peores. Lluvias torrenciales, con tormenta. Cuando no sabes discernir bien si lo que te está cayendo es agua o granizo ya que te hace daño y te empapa con tanta violencia que no tienes un trozo de tela seco en el que secar tus gafas. Creo que esa es la lluvia que más odio.

Las lluvias fuera de casa siempre son extrañas aunque tengas un segundo hogar en otra ciudad. Me hacen recordar esa llovizna que me hace querer estar en brazos de mamá y que te cuiden. Siempre es una suerte que haya alguien para cuidarte, en especial cuando te sientes tan vulnerable.

Y después, por último, está la lluvia de Sevilla. La lluvia de Sevilla primero es una fina llovizna pero, resulta extraño, huele distinto. Sí. Tiene otro olor, otra textura, otro sonido. Y es maravilloso. Y ahora llueve tan fuerte que están temblando todos los cristales. Tan, tan fuerte que las barandillas de los balcones están entonando suaves melodías metálicas solo para mi, que estoy despierta para oírlas.

Huele distinto, huele a nuevo. Y es un olor que, aunque parezca extraño, me gusta.

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