Hace dos años vivía en un hermoso piso en Málaga. Me gustaba mucho porque teníamos una gran piscina redonda (comunitaria, que no somos ricos) y cuartos espaciosos. Además de eso, en el salón había un puff gigante en el que podías dormir siestas. Lo único malo era la pérdida de dignidad al levantarte.

Una mañana las luces de la casa se apagaron de golpe. Como era por la mañana no me di cuenta hasta que el móvil dejó de pillar wi-fi. Acto seguido, la voz de una de mis compañeras de piso, Andrea, resonó por todo el pasillo: “¡Se ha ido la luz!”. 

Resulta que había puesto un vaso de leche a calentar en el microondas y había saltado la luz de toda la casa y no se encendía. Ni la vitro nos quedó. Cuando conseguimos que todo funcionase, desenchufamos el microondas y llamamos al casero. No recuerdo cuando vino pero tampoco se dio mucha prisa. 

Al llegar, miró el microondas y con firmeza nos comunicó su decisión de arreglarlo. Andrea lo miró horrorizada y le dijo: “Vamos a ver, el año pasado pasó lo mismo… con este mismo microondas. ¿No sería mejor que comprases uno nuevo?”. Y el casero la miró como si estuviese loca y se negó EN ROTUNDO. Pero vamos a ver, campeón, ¿cuanto cuesta un microondas? ¿Tanto nos odiabas para dejarnos TRES SEMANAS en la Edad Media? TRES SEMANAS DESCONGELANDO TUPPERS AL BAÑO MARÍA. 

El año pasado me fui a otro piso porque mis compañeras emigraron toditas. Snif, snif. Y me fui a otro piso todavía más grande pero sin piscina. Pero mi alegría duró poco ya que al llegar a la cocina para calentar un vaso de agua me percaté de que no teníamos microondas. A lo que nuestro simpático señor casero nos respondió que los microondas no venían incluidos. Ajá. Perdóneme, señor mío, por ser una ignorante. Pensé que en “Cocina totalmente amueblada” se incluía ese pequeño electrodoméstico que suele estar en todos los hogares. Maldita sea yo por pedir demasiado. Y maldita sea la hora que decidí irme a vivir ahí. Un año descongelando al baño maría.

Ahora estoy en Sevilla. Encontré un pisito muy mono y pequeñito. Cuando fuimos a ver el piso lo primero en lo que me fijé fue en el gran microondas blanco y precioso de la cocina. Sonreí. “Es perfecto”, me dije. Cuando volví al piso el domingo para instalarme fui a la cocina y… ¡TACHÁN! El microondas perfecto no estaba. En su lugar había uno en un armario lleno de grasa. Tenía tanta, tanta grasa, que se te quedaban las manos pegadas nada más cogerlo. Lo adecentamos pero es tan viejo que suelta mijitas asquerosas de pintura sobre la comida.

A los dos días el casero apareció, miró fijamente al microondas y dijo “Vaya mierda de trasto. Me lo llevo y os traigo otro nuevo.”

¡La maldición ha terminado!

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