Fuiste mi vecino. No te conocía mucho, para qué nos vamos a engañar. Para mi siempre has sido “el padre de Tamara” o “el marido de Toñi”.

“Sí, claro, Jesús. El marido de Toñi.”

No tengo ningún recuerdo claro de haberte saludado subiendo o bajando las escaleras. Tampoco recuerdo haberte visto en casa cada vez que iba a jugar con tu hija. Recuerdo tus fotos, las típicas fotos de boda y vacaciones que decoraban el salón. Aunque no sé bien si es un recuerdo o una suposición que me ha creado una imagen mental.

Sí recuerdo las tardes jugando con tu hija y más niños en el rellano de las escaleras, haber ido a la playa con ella. Recuerdo estar en sus fiestas de cumpleaños en vuestro campo. Recuerdo a tu hijo pequeño, a tus hijos mayores. A tu mujer, fregando la escalera con esa cara de estar concentrada en su labor. Los gritos de “¡Laika, Laika!” cuando vuestra perra echaba a correr sin vuestro permiso escaleras abajo.

Pero ya no estás. Y me da pena que te vayas a perder tantas cosas. Y se siente extraño, es muy raro saber que no voy a tener otra ocasión de intercambiar un hola distraido subiendo o bajando las escaleras. Y también me da pena que la ultima vez que te vi estuvieses en un camilla en el portal y no subiendo o bajando. En la calle, de vuelta de comprar el pan, de vuelta del trabajo, acompañando a tu hija o con tu nieta.

Sé que con el paso de los años se me olvidará tu cara, pero nunca voy a olvidar tu funeral. Nunca olvidaré los gritos de tus hijos y de tu mujer; la congoja que se respiraba en aquella sala, la sensación de saber que estabas a pocos metros y ser incapaz de acercarme a despedirme, el abrazo a Toñi… ni los besos sobre tu ataud.

Estés donde estés y haya lo que haya después, espero que hayas dejado de sufrir. Todos han rezado mucho por ti. Espero que recen también por tu familia.

Espero que estén bien, aunque es verdad que siempre podrían estar mejor.

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