La vida sevillana se acaba. He pasado mi último día con Gema y hemos hablado de muchas cosas, muchísimas. Y me ha dado mucha pena no haber podido compartir más momentos aquí con ella. Se fue a Italia al poco tiempo de empezar el Máster y volvió cuando todo estaba ya casi acabado, así que no he tenido oportunidad de conocerla mejor. Eso es lo que me pesa hoy.

En Sevilla he sido feliz. Feliz de una forma distinta a la que he sido en Málaga (ni mejor, ni peor. Simplemente distinta). Soy una persona extremadamente dependiente. Necesito hacer las cosas con alguien. Necesito a mi novio, a mis amigos, a mis padres… siempre ha sido así  y no he tenido la necesidad de cambiar porque todos estábamos en la misma ciudad. Al irme me desprendí de todo eso. Seguí acompañada por mi compañero de piso que es también mi mejor amigo (y una de las mejores cosas que me llevé de la carrera) y poco a poco comencé a caminar sola. Y me llevó poco tiempo descubrir que ese sentimiento de dependencia me lo impongo yo porque yendo sola de aquí para allá he sido la persona más feliz del mundo.

He aprendido a caminar sola, a no tenerle miedo a los cambios y a disfrutarlos porque son necesarios. E inevitables, siempre llegan. Y porque siempre llegan, ahora toca cambiar de ciudad y empezar otra etapa.

Ha sido uno de los mejores años de mi vida.

Y el año que, sin duda, más he caminado. Tanto literal como figuradamente.

Anuncios