Mi cumpleaños ahora mismo está como el invierno para los Stark, is coming. Y además, de forma implacable. Estamos a día 12 de octubre, quedan menos de 48 horas para que abandone los dos patitos de forma permanente. ¿Y qué es lo que siento? Pues, en general, una fatiga muy grande. ¿Por qué?

Podríamos hablar del sentimiento de que la vida se escapa, que se escurre entre los dedos. Que nuestros mejores años están quedando atrás y todo lo que nos espera es la más absoluta incertidumbre. Que la juventud se acaba y que estamos un paso más cerca de las responsabilidades, los bebés, el trabajo a largo plazo; que se acabaron las borracheras, cerrar bares y fumar canutos en la calle… Todos ellos podrían ser buenos motivos, pensaréis. Pero no, no es así. No tengo fatiga por ninguna de esas cosas.

Tengo fatiga por culpa de la puta canción del Cumpleaños feliz. Odio esa canción con toda mi alma. Tanto es así que se me están poniendo los pelos de punta al recordarla.

“Pero mujer, ¡es una canción! No es para tanto.” ¿Que no es para tanto?

Para aquellos que han estado viviendo en una cueva durante eones, existe en algunos países la tradición de sacar una tarta con velitas según la edad del pobre desdichado cumpleañero y cantarle una canción de festejo. Esto puede molar si vives en una comedia romántica inglesa porque probablemente haya una viejecita entrañable tocando el piano, estén tus seres queridos a tu alrededor cantando armoniosamente y una niña (una niña que sólo ves en Navidad o similares) entone un precioso solo en el último happy birthday to you, así como si fuese Marilyn Monroe cantándole al presidente.

Pero no vivimos en tal panorama, ni mucho menos. Soy andaluza y realmente el problema no es ese. El problema es que aquí la gracia no es hacer que el cumpleañero se sienta especial, es hacer que se sienta avergonzado. ¿Cómo se hace esto? Muy sencillo:

  1. Reunir a todos los amigos del chico del cumpleaños. Unas 15 o 20 personas estaría fetén.
  2. Quedar en un sitio y, obviamente, hacer que parezca una coincidencia para el afortunado cumpleañero.
  3. Esperar a que llegue.
  4. ¡Cantar!

Hay que tener en cuenta que el sitio ha de ser lo más público y concurrido que se pueda. La plaza del pueblo, un bar lleno de gente, un centro comercial, el desfile de las Fuerzas Armadas… ¡todo es poco!

“Pero es una canción, joder. ¿Por qué esta aversión?”

Pues porque es una canción lenta, repetitiva y nadie sabe cantarla. Nadie. La cosa empieza así:

Cuuuumpleaaaaños feeeeliiiiz…

En este momento pegas un salto de la hostia, con cara de conejo asustado porque normalmente tus amigos empezarán a cantar profiriendo un alarido al unísono que te ves venir pero que no te esperas. Pasado el primer susto, cuando van por el “feliz” ya te relajas y sonríes ampliamente, mostrando dientes…

cuuuumpleaaaños feeeeeliiiiz…

… y en estos momentos notas que tu sonrisa está durando demasiado. Todos los ojos están clavados en ti, mientras las bocas autómatas siguen moviéndose al unísono. Es el momento en el que tragas saliva y repasas mentalmente la canción. En realidad sabes que no es tan larga pero, ¿por qué cantan tan lento? Sustituyes la sonrisa dentada por una mueca de labios apretados mientras buscas con la mirada a alguien que esté notando tu angustia interna. También te das cuenta de que hay gente extraña mirando… y que algunos graciosos desconocidos se han unido.

Te deseeeeaaaamoooos tooodoooos…

Aquí hay un momento de confusión en todos los cumpleaños desde que el mundo es mundo. Un conflicto que es antiguo como la vida y que aún mantiene enfrentados a dos bandos bien diferenciados: los que dicen “te deseamos todos” y los que cantan “te deseamos -nombre de la persona que cumple años-“. Normalmente nadie se pone de acuerdo antes de ponerse a cantar, así que esa parte de la canción será sustituida por un lamento errático descendente, como un gemido de un zombie, pero sin perder el ritmo (demasiado). Claro que llegados a este punto tú estarás bailando sevillana con los brazos, porque te darás cuenta de que llevas todo el rato con los brazos cruzados y recordarás de repente que esa es una posición de defensa ante amenazas externas (malditas clases de psicología) y no quieres que piensen que no estás disfrutando de la sorpresa. Entonces lo de las manos en los bolsillos te parecerá una posición demasiado despreocupada, relajar los brazos te hará sentir torpe y te engrasarás el pelo de tanto tocarlo para nada.

cuuuumpleaaaaños feeeeliiiiiiz.

¡Por fin se acaba! Suspiras aliviado y por fin miras a la gente, porque desde la segunda frase tu mirada ha estado vagando por detrás de la masa cantarina.

*Atronador aplauso y ovación*

Ahora llega el momento de musitar un gracias, cambiando la sonrisa tensa por una cara de total alivio. Es el momento en el que necesitas una cerveza para pasar el sofoco.

¿Podemos ahorrarnos esto este año, por favor?

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