Hoy voy a ser breve:

Te echo de menos y quiero que vengas a abrazarme.

Yo siempre he sido una persona “de buen comé”. Nunca he sido la típica remilgada que ha hecho “PUAJ” ante las cosas nuevas. Al contrario, siempre he comido de todo ya que mis padres me han educado así y en el sabio “y si no te gusta, te aguantas y te lo comes.” El problema de todo esto es que el aumento del contorno de mi cuerpo es directame proporcional a la cantidad de comida que ingiero. Exacto, no soy una de esas esbeltas chicas que ves por la calle y dices “Por los brazos de Shiva, seguro que come como un pajarito” y luego esa chica se come hamburguesas más grandes que su cabeza y ahí sigue, en su hermosa delgadez. No, señores, yo no soy así. Yo como cual gorda y engordo como todo buen hijo de vecino.

Las dudas en cuanto a lo del Máster me dejaban en una posición muy delicada en mi vida malagueña. Me apunté al gimnasio, empecé a comer menos (o no, depende de la intensidad del gimnasio y el grado de culpa) y me propuse empezar (otra vez) a ir al dietista, que yo soy una persona que necesita ser controlada por una señora con báscula y cinta métrica. Es decir, una persona con fuerza de voluntad nula. Yo tenía mis planes para ser una sílfide y pensaba que iba a llegar a la cena de Navidad con un tipazo envidiable, con unos glúteos prietos, unos muslos para partir nueces… pero entonces me admitieron en el Máster. Adiós, culo soñado.

– ¡No pasa nada! – me dije – como seré pobre no comeré TANTO. Y como me pasaré la vida en la facultad y no querré cocinar nada gordo/difícil, todo será bello.

Y llego a la facultad… y lo primero que me encuentro allí es una mesa enooooorme de chucherías donde la gente vende chuches y chocolate para pagarse el viaje de fin de carrera… y las chuches son ultra baratas… y los Kinder Buen* (marcaregistrada) cuestan 0,85€.

He intentado huir de esa mesa. Mucho. Empecé a llevarme la comida de casa pero como soy un desastre no lo hago todos los días porque mi cabeza no da para más. Y me encuentro con que un sandwich mixto cuesta 2€ y una caña de chocolate recién sacada del horno 1€… Es decir, que me sale más rentable caña + Kinder Buen*.

Sevilla, ¿qué te he hecho yo? ¿Por qué quieres que sea una gorda toda mi vida?

Quiero dejar claro que por ahí abajo voy a soltar spoilers si llega el momento. Si queréis descubrirlo todo vosotros solitos, ignorad esta entrada y todo lo que ello conlleva. Gracias.

Ya he terminado Assassin’s Creed IV y he tardado dos días en procesar todo lo que he visto y en poder decidir si me ha gustado o no me ha gustado.

En este juego se narran las aventuras de Edward Kenway, un hombre de origen humilde que llega a ser el pirata más temido de los mares del sur. El desarrollo del juego sigue siendo muy parecido a los anteriores: empiezas algo desprovisto de armas y poco a poco vas mejorando tu equipo y el personaje madura. Sin embargo (repito: a partir de aqui probablemente suelte spoilers porque sí. Así que si quieres descubrirlo todo por ti mismo, ignorame mucho) se diferencia de los personajes anteriores principalmente porque no perteneces a ningún bando hasta que el juego está terminando prácticamente. Exploras el lado de los templarios y el de los asesinos pero… a Edward le sudan los huevecillos todo. Él tiene muy claro su objetivo desde el principio: quiero vivir sin ser siervo de nadie. Quiero riqueza y darme la vida padre, a poder ser con mi mujer aunque me haya abandonado y me guarde un poco de rencor porque me he ido en barca en lugar de quedarme con ella.

Y para conseguir este objetivo le da igual a quien tenga que usar y a cuántos tenga que herir por el camino. De hecho, Edward comienza siendo lo más egoista del mundo. Poco a poco, MUY poco a poco el personaje va evolucionando hasta que llega a entender  y a ver todo lo que ha dañado en su camino. Y entonces comienza su búsqueda de redención y comienza a simpatizar con los asesinos.

Los personajes secundarios me han parecido de lo más interesante. Tanto que acabas enfadado de que no profundicen más en ellos. Es un sentimiento muy extraño, como si fuesen una puerta entornada. El problema es que al final la puerta se cierra de golpe y te quedas con una cara de pena inmensa. Sin embargo, creo que esto se justifica en la evolución de Edward. Todos los personajes que le rodean (especialmente sus amigos) están ligados plenamente a su evolución. No es hasta la muerte del último de ellos hasta que Edward no se da cuenta, por fin, de que se ha quedado solo y todo lo que ha pasado ha sido a razón de su egoismo. He aquí, como ya he dicho arriba, la búsqueda de redención.

A destacar las partes que jugamos fuera del Animus. Todo jugado en primera persona, desempeñamos el papel de un trabajador de Abstergo que no está al tanto de que sus jefes son un poquito templarios. Con la ayuda del informático de la empresa, hackeamos los distintos ordenadores para extraer información que le damos a unos infiltrados Rebecca y Shaun. Ni que decir que Ubisoft ha decidido ser más guay que nadie y revelar (de forma encubierta, claro está) sus próximos planes. De esta forma encontramos información relevante sobre su próximo lanzamiento, Watch Dogs. Incluso dejan caer las posibles localizaciones del próximo Assassin’s Creed.

Para resumir: es un juego muy bueno a pesar de que no tenga la madurez que sí podemos encontrar en otros títulos de la saga. Las innovaciones en cuanto al entorno (en especial todo lo que conlleva moverte en el barco) lo hacen muy atractivo. Además, el mapa es ENORME, lo que asegura muchísimas horas para hacerlo todo al 100%. En cuanto al final, no es un juego que termine con la sensación que me dejaron los anteriores. No te deja con el pensamiento de “joder, necesito el siguiente YA. Menudo cliffhanger más cabrón”. De hecho, la sensación que me dejó al final fue muy nostálgica. Desmond ya no está, parece que todo ya ha quedado cerrado. ¿Qué nos depararán el futuro?

Fuiste mi vecino. No te conocía mucho, para qué nos vamos a engañar. Para mi siempre has sido “el padre de Tamara” o “el marido de Toñi”.

“Sí, claro, Jesús. El marido de Toñi.”

No tengo ningún recuerdo claro de haberte saludado subiendo o bajando las escaleras. Tampoco recuerdo haberte visto en casa cada vez que iba a jugar con tu hija. Recuerdo tus fotos, las típicas fotos de boda y vacaciones que decoraban el salón. Aunque no sé bien si es un recuerdo o una suposición que me ha creado una imagen mental.

Sí recuerdo las tardes jugando con tu hija y más niños en el rellano de las escaleras, haber ido a la playa con ella. Recuerdo estar en sus fiestas de cumpleaños en vuestro campo. Recuerdo a tu hijo pequeño, a tus hijos mayores. A tu mujer, fregando la escalera con esa cara de estar concentrada en su labor. Los gritos de “¡Laika, Laika!” cuando vuestra perra echaba a correr sin vuestro permiso escaleras abajo.

Pero ya no estás. Y me da pena que te vayas a perder tantas cosas. Y se siente extraño, es muy raro saber que no voy a tener otra ocasión de intercambiar un hola distraido subiendo o bajando las escaleras. Y también me da pena que la ultima vez que te vi estuvieses en un camilla en el portal y no subiendo o bajando. En la calle, de vuelta de comprar el pan, de vuelta del trabajo, acompañando a tu hija o con tu nieta.

Sé que con el paso de los años se me olvidará tu cara, pero nunca voy a olvidar tu funeral. Nunca olvidaré los gritos de tus hijos y de tu mujer; la congoja que se respiraba en aquella sala, la sensación de saber que estabas a pocos metros y ser incapaz de acercarme a despedirme, el abrazo a Toñi… ni los besos sobre tu ataud.

Estés donde estés y haya lo que haya después, espero que hayas dejado de sufrir. Todos han rezado mucho por ti. Espero que recen también por tu familia.

Espero que estén bien, aunque es verdad que siempre podrían estar mejor.

Hace dos años vivía en un hermoso piso en Málaga. Me gustaba mucho porque teníamos una gran piscina redonda (comunitaria, que no somos ricos) y cuartos espaciosos. Además de eso, en el salón había un puff gigante en el que podías dormir siestas. Lo único malo era la pérdida de dignidad al levantarte.

Una mañana las luces de la casa se apagaron de golpe. Como era por la mañana no me di cuenta hasta que el móvil dejó de pillar wi-fi. Acto seguido, la voz de una de mis compañeras de piso, Andrea, resonó por todo el pasillo: “¡Se ha ido la luz!”. 

Resulta que había puesto un vaso de leche a calentar en el microondas y había saltado la luz de toda la casa y no se encendía. Ni la vitro nos quedó. Cuando conseguimos que todo funcionase, desenchufamos el microondas y llamamos al casero. No recuerdo cuando vino pero tampoco se dio mucha prisa. 

Al llegar, miró el microondas y con firmeza nos comunicó su decisión de arreglarlo. Andrea lo miró horrorizada y le dijo: “Vamos a ver, el año pasado pasó lo mismo… con este mismo microondas. ¿No sería mejor que comprases uno nuevo?”. Y el casero la miró como si estuviese loca y se negó EN ROTUNDO. Pero vamos a ver, campeón, ¿cuanto cuesta un microondas? ¿Tanto nos odiabas para dejarnos TRES SEMANAS en la Edad Media? TRES SEMANAS DESCONGELANDO TUPPERS AL BAÑO MARÍA. 

El año pasado me fui a otro piso porque mis compañeras emigraron toditas. Snif, snif. Y me fui a otro piso todavía más grande pero sin piscina. Pero mi alegría duró poco ya que al llegar a la cocina para calentar un vaso de agua me percaté de que no teníamos microondas. A lo que nuestro simpático señor casero nos respondió que los microondas no venían incluidos. Ajá. Perdóneme, señor mío, por ser una ignorante. Pensé que en “Cocina totalmente amueblada” se incluía ese pequeño electrodoméstico que suele estar en todos los hogares. Maldita sea yo por pedir demasiado. Y maldita sea la hora que decidí irme a vivir ahí. Un año descongelando al baño maría.

Ahora estoy en Sevilla. Encontré un pisito muy mono y pequeñito. Cuando fuimos a ver el piso lo primero en lo que me fijé fue en el gran microondas blanco y precioso de la cocina. Sonreí. “Es perfecto”, me dije. Cuando volví al piso el domingo para instalarme fui a la cocina y… ¡TACHÁN! El microondas perfecto no estaba. En su lugar había uno en un armario lleno de grasa. Tenía tanta, tanta grasa, que se te quedaban las manos pegadas nada más cogerlo. Lo adecentamos pero es tan viejo que suelta mijitas asquerosas de pintura sobre la comida.

A los dos días el casero apareció, miró fijamente al microondas y dijo “Vaya mierda de trasto. Me lo llevo y os traigo otro nuevo.”

¡La maldición ha terminado!

Siempre he odiado los días lluviosos. Me ponen de mal humor y me hacen pensar en cosas tristes. O me hacen pensar demasiado, según se mire. Pero cuando estás en una ciudad nueva la lluvia huele distinto y te produce sensaciones totalmente nuevas. Cuando llueve y estoy en casa, en mi hogar, necesito más que nada en el mundo que me quieran. Necesito hacerme un ovillo sobre mi madre y descansar. Es esa lluvia fina, esa llovizna que parece insignificante pero que es capaz de calarte la ropa, calarte los huesos y atravesarte el alma.

Las lluvias que he tenido que soportar en Málaga han sido las peores. Lluvias torrenciales, con tormenta. Cuando no sabes discernir bien si lo que te está cayendo es agua o granizo ya que te hace daño y te empapa con tanta violencia que no tienes un trozo de tela seco en el que secar tus gafas. Creo que esa es la lluvia que más odio.

Las lluvias fuera de casa siempre son extrañas aunque tengas un segundo hogar en otra ciudad. Me hacen recordar esa llovizna que me hace querer estar en brazos de mamá y que te cuiden. Siempre es una suerte que haya alguien para cuidarte, en especial cuando te sientes tan vulnerable.

Y después, por último, está la lluvia de Sevilla. La lluvia de Sevilla primero es una fina llovizna pero, resulta extraño, huele distinto. Sí. Tiene otro olor, otra textura, otro sonido. Y es maravilloso. Y ahora llueve tan fuerte que están temblando todos los cristales. Tan, tan fuerte que las barandillas de los balcones están entonando suaves melodías metálicas solo para mi, que estoy despierta para oírlas.

Huele distinto, huele a nuevo. Y es un olor que, aunque parezca extraño, me gusta.

La semana pasada me dieron una muy feliz noticia. Y no, no voy a tener muchos bebés guapos y de sonrosadas mejillas. Ni voy a ser muchimillonaria. Algo mejor (al menos en el ámbito académico): Me han admitido en el Máster de Guión, Narrativa y Creatividad Audiovisual en la Universidad de Sevilla.

Y eso significa que estas líneas las estoy escribiendo con el culito reposado en mi sofá sevillano mientras que los 50mb que me ofrece Ono hacen magia.

En mi estancia sevillana, acompañada de Álvaro (mejor gamer, mejor persona, mejor compañero de piso pero peor cocinero), nos hemos dedicado a tener las cosas claras en cuanto a la convivencia: yo cocino y él friega. Aquí no hay machismo ninguno. También vemos series, vemos Divinity como las señoronas que somos y contemplamos como nuestro maravilloso termo pierde agua. Todo fantástico.

También decidimos coger un bus para ir a ver La Giralda y, como siempre que la orientación depende únicamente de mi, vimos de todo menos La Giralda.

Y el veredicto es que estamos totalmente enamorados de Sevilla.